jueves, 28 de junio de 2012

Analógico


Cuando yo tenía 15 años, por estos pagos, Internet no era más que una buena idea y las computadoras unos aparatos gigantes que cada tanto aparecían en alguna casa, blancos, repletos de cables, la única funcionalidad para nuestra adolescencia era la de juego (para los que aún no contábamos con los lujos de alguna consola) y estos se conseguían en unos discos enormes y flexibles, se jugaba menos ahí, y bastante más en la calle. El teléfono era sólo teléfono, una sola función, una función increíble, hablar; fijo en algún sector de la casa, se compartía entre los miembros de la familia, también a veces se tenía algún inalámbrico para poder caminar un poco pero principalmente para esas charlas que nos sonrojaban tanto.
Las biromes se solían acabar seguido, siempre necesitábamos hojas y nuestras mochilas pesaban un montón, y todo lo de adentro, servía mucho.

Cada vez que nos íbamos de casa, a cualquier lado, a cualquier hora, en el preciso instante en que se cerraba la puerta debíamos confiar, estábamos solos, confiar en la veracidad del punto de encuentro, respetar la puntualidad, entrábamos por un rato en silencio de radio, caminábamos por calles más libres de ondas magnéticas y nuestros bolsillos tenían menos cosas. Para las emergencias existían los teléfonos públicos, aunque no siempre funcionaban, pero igual teníamos nuestra memoria llena de números telefónicos, nos sabíamos miles y cada uno poseía sus propias reglas para recordarlos, a los más importantes yo podía discarlos en el aire, hoy aún puedo pero los números cambiaron y ya mucho no sirve.

Para el amor, bueno, había que tener algo de cojones y toneladas de paciencia, lo que había que enfrentar no era poco y no era simple y entonces ella tenía que valer la pena. Era muy distinto. Primero debíamos conocerlas, frecuentar paradas de colectivos, salidas de colegios, fiestas, mirarlas, y hablarles, si, HABLARLES, por favor no olvidar que eramos adolescentes y por ende bastante tontos, pero bueno, si todo esto era sorteado eficientemente (insisto, muchos moríamos ya en esta instancia) en el bolsillo, en algún papel nos íbamos orgullosos con algún teléfono y ahí empezaba otra historia.

Eventualmente había que llamar, si teníamos suerte en serio, tal vez nos cruzábamos con ella en la calle, o si pudimos jugar un poco al detective y averiguar donde vivía, pasábamos cuando los colegios nos liberaban, pretendiendo ser casuales, y si nadie nos veía, nos dábamos un par de vueltas a la manzana, ¿la verdad?, casi nunca funcionaba, así que eventualmente había que llamar. Juntar valor, esperar el momento en que el teléfono esté libre, y llamar, así de fácil, así de imposible. Después de las seis de la tarde antes de las nueves de la noche, antes no estaba, luego era tarde y uno corría el riesgo de parecer irrespetuoso. Es decir, si la valentía me aparecía a las dos de la mañana, no me servía de nada, si una mañana mientras caminaba al colegio sentía que podía llevarme el mundo por delante, tampoco servía, el impulso resultaba estéril, había que animarse en horario restringido. Pero bueno, mi viejo trabajando, mamá salía a hacer compras, ese era el momento, el teléfono se erguía poderoso y llamar, finalmente llamar. Siempre planeaba lo que iba a decir, lo que iba a preguntar, y siempre fallaba en ese guión ficticio. Pero llamaba, en la espera de la suerte que en turno me tocaría esa vez, porque claro, casi nunca atendía ella, y tal vez los padres y uno impostaba la voz para no ser tan borrego, y preguntaba “¿hola con lo de tal?”, “¿está tal?”, y ojala que estuviese, porque sino, había que esperar hasta un par de días para volver intentar y la ansiedad que eso incluía, pero claro, también te podían atender los hermanos y darse una panzada haciéndote sufrir un rato y quizá ni te pasaban el teléfono, todo el folklore, todos los obstáculos, todas las posibilidades que uno tenía sólo para poder hablar con ella, con quien ya nos habíamos visto, ya nos habíamos gustado, pero aún no podíamos hablar y eso que ambos queríamos. Y bueno, un día finalmente hablabas y entre balbuceos, frases ganadoras, otras perdedoras y silencios la invitabas a salir y ella decía que si, y colgabas el teléfono y nadie te podía borrar la sonrisa.

Y salir era otro arte, nuevamente ser puntual, elegir el lugar, tocábamos el timbre y esperábamos en la puerta, esos timbres que hoy están casi en desuso de tanto mensaje que dice “Bajá”, esas puertas que hoy algunos ni conocen, caminábamos, abríamos la puerta para que ella pase, invitábamos las copas de turno y la acompañábamos nuevamente hasta la puerta y alguna que otra vez, el destino nos regalaba un beso inexperto que nos hacía explotar los poros.

Así algunos, conocieron la mujer de su vida, otros el primer amor, otros su primer beso.

Y hoy, cuando te pase a buscar, luego de la linda e inesperada charla de una hora que tuvimos por teléfono, cuando te toque el timbre y te espere en la puerta, espero que sepas que en este mundo digital, que este mundo ansioso espero que nos podamos abrir paso entre tanto wi-fi y sepas que me muero de ganas de que tengamos este amor analógico.

6 comentarios:

  1. Divino...Gracias, muchas gracias ...podremos involucionar un poco?

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  2. Gracias a usted por haberlo leído, por haberlo comentado y principalmente por compartir este sentimiento, esta nostalgia por aquella época. Ojalá podamos, ojalá algún día volvamos a ser aquellos...

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  3. Muy muy lindo! :-) Me encantaría vivir algo así. No pierdo las esperanzas de hacerlo.

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  4. Aunque no parezca, está a la vuelta de la esquina, la consigna es simplemente volver a hablarnos cara a cara

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  5. Hablarnos cara a cara... Cómo algo tan lindo y tan sencillo puede generalmente ser tan complicado?

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  6. Porque de algún modo volvimos a tener miedo, volvimos a temer los rechazos, pasamos horas mirando la cara de quien nos gusta en una pantalla sin atrevernos siquiera a decirle hola, si, es complicado, pero hay que dar ese paso, y ganar, perder, lo que toque, pero dar ese paso.

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