Una imagen vale más que mil
palabras. Eso dicen y en cierto modo lo afirmo, como afirmo todo en mi vida, de
un modo irregular. Lo difícil es encontrar esa imagen, en realidad a veces se
disipa, se difunde, la imagen se va, se extravía o se pierde. Quedan entonces las palabras, que se
presentan claras, nítidas, irrefutables, se muestran tangibles y existen, sin
lugar a segundos pensamientos.
Más de mil palabras.
Empezar entonces con la historia.
La historia que aún no existe, que habla en potenciales o ilusiones. Somos las
primeras especies de un mundo que no se ha creado, de un planeta inestable que
aún no define sus mares y sus ríos, sus valles y montañas, en esa masa uniforme
que intenta crearse, nosotros ya existimos, o creemos existir.
Y existimos. Recorremos este
mundo sin tomarnos las manos ni acercarnos, el mundo se forma mientras
nosotros esquivamos a Darwin y sus leyes
y nos reconocemos las huellas, nos miramos de lejos desconfiados y podemos
desandar nuestros propios surcos, mientras los mares se enfrían y algún pez
decide su aventura anfibia probándose en oxígeno y arena.
Más de mil palabras.
Y así podemos deshojar la
historia, podemos correr en paralelo de las eras, y despertar un mañana entre
los pinceles de Picaso e irse a dormir con el estruendo del muro de Berlín.
Puedo un día buscarte en la Muralla China y perderte en un Moscú repleto de
Zares y de gloria. Podríamos ser parte de la propia literatura y podría un día
cualquiera ser Horacio Olivera y vos ser La Maga, y simplemente deslizarte una
carta que diga:
¿Encontraría a la Maga? Tantas
veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da
al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me
dejaba distinguirlas formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des
Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de
hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los
peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que
sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo
menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da cites precisas es la
misma que necesita pape! rayado pare escribirse o que aprieta desde abajo el
tubo de dentífrico.
Y entonces claro, podría ser
Paris en primavera, podrían ser barrios latinos, podría ser alguna esquina,
podría elegir conocerte en La Sorbonne y mirarte de reojo entre
dos libros, merodear tu casa con boina y bicicleta y tomar tu mano en Mayo emocionados.
También podría ser un emperador
antiguo, en época violenta y vos ser la dulce dama que tranquiliza mi ira, o
podríamos reinventar la historia y simplemente mezclar las horas y encontrarnos
o desencontrarnos a cada segundo.
Podemos incluso descreer las
leyes, y tomar a Newton como una idea y que la gravedad sea para los viejos y
volar sea siempre una opción válida. O simplemente elegir la lluvia con mi
tristeza, y que salga el sol con tu sonrisa, podemos frenar el universo y jugar
con meteoritos, elegir todos los días el centro de un universo y darle la forma
que más nos guste a los planetas.
Más de mil palabras.
Claro que también existe un
presente, un tiempo real, lineal y rutinario. Existe un día en el que te veo, y
existen cientos en el que no existes. Existe una hora de sonido y varios días
de silencios. Existe este lugar donde no podemos inventar otro universo, existe
Juncal y Buenos Aires, existe mi casa en provisorias ruinas, existe una
realidad irrefutable, existe mi pasado y tu presente.
A su vez, existen las tormentas,
existe el frío de alguna noche y existe la nostalgia. Ya inventaron el reloj y
sus minutos, alguien pensó en la tristeza, algún ya tuvo miedo, hay una
historia que nos precede y nos empuja, hay un futuro que nos da vértigo.
Existe entonces este presente tan
pequeño, existe este segundo que sabe a poco. Y decido no aceptar su insipidez…
Y escapo del reloj y de su arena,
elijo no danzar con los planetas, salteo inviernos y años de sequía, invento
este mundo con cada letra, elijo 5 abriles al año, mi tiempo es este, el que
creo, el que invento, con el que viajo cuando cierro los ojos, con el que sueño
cuando deambulo despierto.
Y todo es posible o así lo creo.
Y me acerco y te miro. Y decido buscarte con mis vaivenes, y puedo huir una
mañana y correr y decir nunca más, y volver entre humo en madrugada, y decirte
que si, que tal vez, que quizá. Puedo intentar tu mano y fallar, y volver a
intentar y no fallar.
Puedo desaparecer una mañana,
puedo resucitar alguna tarde, puedo crear casualidades y olvidarme compromisos,
puedo llegar tarde a mi futuro.
Más de mil palabras.
Y tengo más palabras y más
mundos, tengo una historia a escribir y mil ya escritas. Mis letras seguirán
desafiando esta historia, que como sabemos, no existe, pero sobrevive en estas
hojas, moribunda de realidad respira estas metáforas, la no historia de nuestro
pasado, la no historia de nuestro futuro, el no recuerdo de nuestra vida, vive,
crece y madura en esta tierra fértil en fantasía, en este lugar aún no creado
vive, en este lugar aún no fundado, a veces muere, en este mundo tan joven,
espera su génesis y su éxodo, en esta tierra que aún es de nadie, planto esta
bandera que desafía las mitologías y sus gigantes, en este lugar destierro el
miedo y el fracaso, la cobardía de estas manos se hace invencible y mil
palabras, y una más. Este mundo existe, este mundo tiene un lugar que ya
conoces.
Y mientras busco tu imagen nítida
y transparente, te escribo más de mil palabras, mil y una.
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