sábado, 2 de junio de 2012

La Piel


“Lo mejor de nuestra piel, es que no nos deja huir” (Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota)

La esencia es la misma. Eso no cambia.

Nos miramos y nos vamos calculando, vamos a intentar descifrarnos a cada instante, vamos a querer adivinarnos el próximo paso, seremos humanos de este modo, nuestros sentidos como las únicas e inmejorables armas, el instinto de pronto hecho pedazos, nuestra mejor mente jugando a ese rompecabezas casi siempre incompleto, sin bordes, sin referencias.

Lo curioso, es que creemos controlarnos, lo extraño, lo hipócrita, es que decimos controlarnos, lo estúpido es negar a nuestro instinto, es racionalizar, estructurar lo que siempre nos ha sido puro, indomable, animal.

Pero claro, un día levantamos nuevos códigos, nuestra corta omnipotencia nos lo permite, matamos los géneros e idolatramos igualdades, asexuamos los vínculos y nos sonreímos ante cada espejo al creernos sumamente espirituales, dotados de mil razones y juicios, miramos con asco la indecencia animal, la estudiamos, analizamos, la atiborramos de opiniones, la clasificamos y encuadernamos y orgullosos de tanta ciencia descongelamos la pasión para alguna media hora de un sexo aséptico y ordenado.

Realmente lo creemos, realmente controlamos esos sentidos, todos y cada uno de ellos. Y entonces si nos miramos y en esa imagen aparece algún deseo, ya aprendimos a desviar los ojos, a neutralizar la imagen, a enfriar la pasión que a veces vuela desde las pupilas, lo aprendimos, ya nos lo enseñaron. Y resfriamos nuestras narices para evitar ciertos olores, inundamos el mundo de ruidos para enmudecer a las sirenas y guardamos el tacto y el buen gusto para alguna comida de etiqueta, y las manos y las lenguas son propiedad privada.

Y de repente, carajo, dos metros cuadrados enteros de pura piel. ¡Mierda, que descuido! Y juro que la cubrimos, que la protegemos, que evitamos cada roce, pero nos es imposible, nuestro órgano más extenso se muestra desprotegido, sus poros sedientos, abiertos, mil billones de capullos esperando que el polen correcto desencadene lo inevitable, la química invisible acechando las mil barreras, los mil muros, y en el instante menos esperado, un calor incontrolable nos desnuda y nuestros sentidos se despiertan, y entonces si, nos miramos y los ojos se buscan, se seducen, se desean, las distancias se acortan y el cuerpo dispara su esencia más primitiva que despeja cualquier otro olor, y sólo se huele instinto, y las manos se acercan y se miden, se calculan, se recorren, el cuerpo antes ajeno ahora es propio, las bocas se desafían, sus lenguas se atacan, se agolpan, se enredan y dos incalculables metros de piel se conectan de punta a punta, y nuestra razón ya no lo es tanto, y los motivos del deseo ya no existen, una irreparable cadena de eventos sucederán sin que nadie pueda evitarlo, nuestras mentes se rinden ante sus animales, y las pieles sudan y exhalan cada gemido, cada arremetida, cada bocanada de un placer que creímos prohibido.

Así estamos hechos. La esencia es la misma. Eso no cambia.

Nuestras convenciones, nuestras amistades, nuestros formalismos se derrumban cuando la naturaleza nos exige, y saberse llevar tiene sus riesgos, siempre existe un mañana, algo perdido, algo por perder, algo ganado, pero también existe el placer, existe nuestra especie que se desea a pesar de cada circunstancia. Saberse llevar, dejarse llevar, ese es el reto.

Eso no cambia.

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