“Lo mejor de nuestra piel, es que no nos deja huir”
(Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota)
La esencia es la misma.
Eso no cambia.
Nos miramos y nos vamos
calculando, vamos a intentar descifrarnos a cada instante, vamos a querer
adivinarnos el próximo paso, seremos humanos de este modo, nuestros sentidos como
las únicas e inmejorables armas, el instinto de pronto hecho pedazos, nuestra
mejor mente jugando a ese rompecabezas casi siempre incompleto, sin bordes, sin
referencias.
Lo curioso, es que creemos
controlarnos, lo extraño, lo hipócrita, es que decimos controlarnos, lo
estúpido es negar a nuestro instinto, es racionalizar, estructurar lo que
siempre nos ha sido puro, indomable, animal.
Pero claro, un día
levantamos nuevos códigos, nuestra corta omnipotencia nos lo permite, matamos
los géneros e idolatramos igualdades, asexuamos los vínculos y nos sonreímos
ante cada espejo al creernos sumamente espirituales, dotados de mil razones y
juicios, miramos con asco la indecencia animal, la estudiamos, analizamos, la
atiborramos de opiniones, la clasificamos y encuadernamos y orgullosos de tanta
ciencia descongelamos la pasión para alguna media hora de un sexo aséptico y
ordenado.
Realmente lo creemos, realmente
controlamos esos sentidos, todos y cada uno de ellos. Y entonces si nos miramos
y en esa imagen aparece algún deseo, ya aprendimos a desviar los ojos, a
neutralizar la imagen, a enfriar la pasión que a veces vuela desde las pupilas,
lo aprendimos, ya nos lo enseñaron. Y resfriamos nuestras narices para evitar
ciertos olores, inundamos el mundo de ruidos para enmudecer a las sirenas y
guardamos el tacto y el buen gusto para alguna comida de etiqueta, y las manos
y las lenguas son propiedad privada.
Y de repente, carajo, dos
metros cuadrados enteros de pura piel. ¡Mierda, que descuido! Y juro que la
cubrimos, que la protegemos, que evitamos cada roce, pero nos es imposible,
nuestro órgano más extenso se muestra desprotegido, sus poros sedientos,
abiertos, mil billones de capullos esperando que el polen correcto desencadene
lo inevitable, la química invisible acechando las mil barreras, los mil muros,
y en el instante menos esperado, un calor incontrolable nos desnuda y nuestros
sentidos se despiertan, y entonces si, nos miramos y los ojos se buscan, se
seducen, se desean, las distancias se acortan y el cuerpo dispara su esencia
más primitiva que despeja cualquier otro olor, y sólo se huele instinto, y las
manos se acercan y se miden, se calculan, se recorren, el cuerpo antes ajeno
ahora es propio, las bocas se desafían, sus lenguas se atacan, se agolpan, se
enredan y dos incalculables metros de piel se conectan de punta a punta, y
nuestra razón ya no lo es tanto, y los motivos del deseo ya no existen, una
irreparable cadena de eventos sucederán sin que nadie pueda evitarlo, nuestras
mentes se rinden ante sus animales, y las pieles sudan y exhalan cada gemido,
cada arremetida, cada bocanada de un placer que creímos prohibido.
Así estamos hechos. La
esencia es la misma. Eso no cambia.
Nuestras convenciones,
nuestras amistades, nuestros formalismos se derrumban cuando la naturaleza nos
exige, y saberse llevar tiene sus riesgos, siempre existe un mañana, algo
perdido, algo por perder, algo ganado, pero también existe el placer, existe
nuestra especie que se desea a pesar de cada circunstancia. Saberse llevar,
dejarse llevar, ese es el reto.
Eso no cambia.
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