“El
desnivel acecha, cada paso puede ser la caída”
(El Ciego,
Jorge Luis Borges)
Siento un ruido a través
de la ventana, y a lo lejos el canto de unos pájaros que ya anuncian esta
mañana, en ese momento abro los ojos y es de día, es decir, la idea del día, la
luz del día, que no conozco, el sol sobre un cielo que no he visto, un mundo
nítido que imagino, claro, un mundo tejido de conceptos que he adquirido, un
mundo decodificado en una mente fetal de imágenes. Pero claro, abro los ojos
que he cerrado hace algunas horas tan sólo para que en mis globos impotentes no
cicatricen sus tejidos, los cierro sin saberlo, porque algo en mi cuerpo me lo
ordena. Un rato después, abro mis ojos, es decir mis manos que construyen
imágenes a tientas y edifican objetos a texturas, mis ojos, es decir mis manos,
se deslizan ahora sobre un suave algodón sobre el que me recuesto, con cuidado,
siempre despacio, ansiosas ellas del momento sólido que indicará el fin de
esta, mi cama, de la cual he aprendido sus dimensiones y he memorizado que es
caoba de estructura y blanca en sábanas y acolchados, claro que tal vez lo que
yo estoy imaginando como caoba no sea lo mismo que usted piensa, y lo que yo
creo que es blanco, sea ligeramente distinto a lo que todos ustedes piensan que
es blanco, he aquí mis libertades para inventar este mundo y sus componentes,
ustedes ya han tenido que ponerse de acuerdo en sus convenciones y armonizar
colores, texturas, objetos, yo tengo otras licencias. Y finalmente, otra
textura, el fin de mi colchón, el borde lejano de mi lecho, mi punto de apoyo
para erguirme, aquí estás, te encontré, igual, cada mañana dudaré si este punto
es siempre el mismo, si esta habitación es siempre la misma, si esta cama es la
misma, la incertidumbre ha sido mi religión desde que pienso.
Estas filosofías se
esfuman ante el día que inicia, debo creer que esta es mi casa, debo creer que
esta es mi cama, y pararme, caminar. Mi fe es esta, una fe útil, cotidiana, una
fe de supervivencia. Así entonces camino, mis ojos, se mueven en el aire,
golpeando nada, nadando en busca de mi segunda estación sólida, buscando esta
textura rugosa sobre la cual mis ojos se deslizarán en busca de aquel borde
frío que anuncia mi puerta, la salida de esta geometría hacia la siguiente, mi
memoria tan refinada me irá guiando en mis polígonos imaginarios hasta que
vuelva a este primer cubo, y mecánicamente, vuelva a cerrar los ojos.
Desde mi puerta es un paso
al frente, y otro paso largo y dos más cortos hasta el baño, en ese punto, inclinándome
ligeramente mi mano derecha encontrará la perilla que libera el agua fría, la
única que necesitaré hoy, que es verano, llevo el líquido a mi cara y la
refresco, por un instante me levanto y mis ojos, no mis manos, se encuentran a
sí mismos en un instante eterno frente al espejo, cada día se miraran sin nunca
encontrarse, siempre a los ojos, pupila con pupila, se mirarán sin nunca verse.
Tomo el cepillo y me lavo los dientes sin nunca poder evitar sonreír al final y
mostrar mi mejor sonrisa a un espejo que me devuelve siempre oscuridad, un paso
atrás, girar 90° a la derecha, dos pasos cortos al frente, 90° a la derecha y
entrar a la ducha. Bañarme, dejar que mis ojos recorran mi cuerpo, que lo
inventen, que mi cuerpo sea ese boceto interminable que cambiará todos los
días, encontrar siempre algo nuevo en este lienzo en blanco, cerrar la ducha,
volver lo andado, golpear el aire mil veces y encontrar mi ropa que por alguna
coquetería ajena o por alguna convención poco práctica es bastante más de la
que necesitaría, me termino de vestir y pienso “Espero verme bien”, y claro,
esas palabras trascienden su significado y el suspiro se hace mayor, si claro,
espero verme bien.
Por comodidad, seguridad y
además dinero, mi cubo existe en una Planta Baja, no podría vivir el vértigo de
mil escaleras a diario, no poseo perro, sólo bastón, más allá de la nobleza de
aquellos animales, admiro mi nobleza de no hacer vivir a estas criaturas esta
vida, existe cierta intimidad entre mi mirada gelatinosa y quien les escribe,
no queremos terceros en discordia. La calle será siempre una aventura, un viaje
taquicárdico por sonidos y texturas sin patrón, el piso cambia, las paredes
cambian, los sonidos cambian, mi mundo se construye y se destruye a cada paso,
mi dibujo se hace y se deshace mil veces en cada segundo, el mundo plástico se
me presenta, se que voy a tropezar, la gente me roza y mi cuerpo se estremece,
un sonido se acerca y agito mi bastón como mi más legitima defensa, cada golpe
en el piso, mi bastón busca la tierra, el tic-tac de mi vida, la espera
interminable entre cada tic y cada tac me agobia, pero siempre debo salir,
quiero salir, necesito salir.
Tic, piso, tac, nada,
termina la calle, me detengo manso en esta esquina esperando la gentil mano que
me tome del brazo y ofrezca ayudarme a cruzar, me siento algo sólo ahora, del
otro lado de la avenida, me espera mi trabajo, pero de este lado, ahora, me
siento algo sólo. Una voz joven y femenina me dice, “te ayudo a cruzar”, no lo
pregunta, me lo afirma, asiento con mi cabeza y sonrío, o creo sonreír, o mejor
dicho hago con mi boca, lo que yo creo que es sonreír y avanzo, sin tic, sin
tac, hasta la otra orilla del mundo, hasta mi trabajo.
A diferencia suya, yo
tengo un olfato único, y trabajo detectando fragancias en un laboratorio, mi
silla es cómoda y mi oficina es grande, o así me la imagino porque las voces
retumban, el eco es tardío, debe ser grande, de techos altos y pocas ventanas,
así lo imagino, como todo lo que imagino, como usted seguro imagina la vida en
otros planetas o el fondo del mar, lo imagina sin leyes, sin restricciones, lo
imagina libre, así imagino yo, lo que usted ve. Aquí no entra el sol, porque
claro, yo no veo el sol, pero siento cuando está en mi piel, cuando sus rayos
me tocan, usted seguramente se olvida de sentirlo, porque lo ve, porque tal vez
su principal incapacidad, sea poder ver
y lo sabré cada vez que mis ojos, es decir mis manos, se toquen con sus manos,
que usted decidió no hacerlas ojos.
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