Cuando
el ejército de Alejandro Magno abandonó las tierras Tracias en busca de la
definitiva conquista de Asia, los tropas macedonias debieron recrudecer
enormemente sus filas para tan gigante empresa, todos los hombres capaces de
desenfundar una espada, portar un escudo o simplemente montar un caballo fueron
reclutados por Parmenio, general alterno y hombre de confianza de Alejandro. El
Reino de Filipo quedó entonces plagado de mujeres, ancianos y niños, los cuales
debían no solo velar por las cuestiones administrativas del reino sino también
por posibles invasiones de los no tan confiables aliados de Epiro y Tesalia o
de los mismos griegos.
Olimpia, madre de Alejandro, y viuda de Filipo el
Grande, guardaba gran celosía sobre su único hijo y había negado su bendición a
varias pretendientes que venían de las casas más nobles de la península
helénica y de las islas romanas, por lo que corazón contrariado disfrutaba su
lejanía de los acosos femeninos pero sufría enormemente los obvios peligros de
la guerra y principalmente la lejanía de su hijo con el Palacio que lo vio
crecer. Como es conocido Alejandro no era sólo un guerrero bravío y gran
estratega militar, sino un hombre de letras, culto y veloz de pensamiento, lo
que no era conocido era que antes de su partida Alejandro había prendado su
corazón y parte de su alma a una joven noble de Beocia (sur de Grecia), cuyo
destino fortuito de reyes la hizo desembocar en el Palacio de Filipo, por
pedido especial del hermano de este, que reinaba en Beocia y no veía en esa
ciudad un destino seguro para su hija, y si encontraba en la hoy letrada ciudad
de Pella un claro porvenir para su hija. Viviendo aún Filipo, mandó a educar a
ambos bajo los mismos preceptos, siendo así que Sophia terminó por conocer a
Alejandro en su temprana juventud. El amor tardó en florecer, como casi toda la
flora de la península, y encontró su máxima expresión previa a la partida de
Alejandro hacia la tierra de los persas, las promesas de amor eterno abundaron
en la secreta despedida, ya que como todos sabrán, era un amor no destinado por
los dioses. Finalmente, a fin de sellar su unión amorosa, intercambiaron
talismanes de amor, prestando especial atención a dos plumas de ganso, las
cuales utilizarían para escribir las oleadas de pasión que asomaran a sus
sentidos, y luego, en el encuentro, serían quemadas junto con los manuscritos
en el templo de Orfeo (culto prohibido que Olimpia profesaba en secreto en el
cual Alejandro había sido iniciado de muy pequeño). Se despidieron, Alejandro
montó en su corcel, Bucéfalo, y se alejó en busca de su ejército.
Olimpia, desde un oscuro silencio, conocía a la
perfección el joven amor de Alejandro hacia Sophia, y esperó la partida del
ejército al Asia Menor para descargar su celosa ira sobre la joven. Su
condición de Reina y nueva regente, debida al deceso de Filipo y la partida de
Alejandro, le otorgaba variadas posibilidades para su lenta venganza, pero no
terminaba por decidirse cuando una doncella le informó del pacto secreto que
mantenían Sophia y Alejandro, lo cual le otorgó el método más perfecto y
doloroso para desahuciar el joven amor de ambos.
En las primeras épocas de su partida, Alejandro,
escribía inspirados versos de amor y dolor, de esperanza y pasión hacia el
recuerdo de su amada, la guerra tardaría en empezar ya que el ejército Persa se
había dispersado entre Persia, Karakora, Pamir y la tierra de los Escitas, por
lo que la lenta marcha del gran ejército le proveía a Alejandro el tiempo
necesario para pensar en su amada y expresar ese amor en versos en latín y
griego que guardaba cuidadosamente en las alforjas de Bucéfalo. Mientras tanto
Sophia también descargaba sus borbotones de pasión en letras, y las guardaba
celosamente en el templo de Apolo, donde conocía a uno de los ministros,
gracias a su padre, el cual miraba con reserva la procesión de papiros diarios
que le llegaba. Olimpia, en un acto visto desde el público con beneplácito, le
ofreció a Sophia ser su Consejera mientras duraran las guerras en Asia, y esta,
con absoluta confianza en su tía, acepto con regocijo el nuevo cargo.
La designación fue aceptada por los ancianos del
Consejo, ya que sabían que Sophia había sido educada junto a Alejandro y que
poseía la misma sagacidad que el joven guerrero, por lo que no hubo
prácticamente oposición y Sophia asumió el importante cargo. Las obligaciones
del Reino eran excesivas y Olimpia no hacía más que designar a su sobrina a
cargo de todas las tareas que se presentaran, la joven respondía con gran inteligencia
los renovados retos que le llegaban, y por sobre todo, encontraba entre las
madrugadas tiempo para darle sus diálogos de amor a Alejandro, en papiros cada
vez más gastados, cuya letra cada vez se deformaba más ante el evidente
cansancio de la joven.
Pasado un tiempo, el ejercito Persa se había reunido
en Persépolis, con la firme decisión de enfrentar a Alejandro, este y su
ejército se encontraban a 3 días de marcha de las murallas de la ciudad, por lo
que todo el mundo supo que la guerra finalmente se avecinaba, el gran sueño asiático
de Filipo se estaba por cumplir en las manos de su joven hijo Alejandro. Las
alforjas de Bucéfalo rebalsaban de poesía y la pluma de ganso de Alejandro
presentaba ya un intenso desgaste por el uso y el viaje. Ya en esta época
Sophia había dejado sus noches literarias e intercalaba periódicamente sueños
reparadores con breves notas para su amado. Olimpia le designaba cada vez más y
más tareas con el fin de agotarla definitivamente, y lo estaba logrando.
Como toda guerra importante, las luchas se prolongaron
por meses y meses, Alejandro peleaba cuerpo a cuerpo como era su costumbre, y a
pesar de sus heridas y del cansancio obvio de las luchas, le regocijaba plasmar
sus sentimientos por Sophia y su alegría aumentaba al saber que los persas iban
perdiendo terreno por todo el Medio Oriente. Claro que en la península las
cosas eran bastante distintas, la atareada Sophia había excedido largamente su
capacidad de ocupación e incluso su sagacidad de antes se veía disminuida, incluso
fue criticada más de cuatro veces por maltratos a sus subordinados, y la joven
alegre de hace escasos meses se había transformado en huraña e irascible.
Obviamente en este panorama, los escritos para su amado habían pasado al
olvido, no porque ella se había olvidado de Alejandro, sino por sus
interminables días, en los últimos meses sólo alcanzaba a dormir 3 o 4 horas
por noche y se prometía a sí misma esperar que termine la guerra para poder
escribir todos los sentimientos empolvados que el recuerdo de su amado le
producía, pero el día ese no llegaba.
En Asia, se acercaban las batallas finales, y el éxito
de la campaña de Alejandro era inminente, el mundo occidental ya hablaba de él
como hijo de dioses y no de Filipo y en la península griega, y principalmente
en el Palacio de Pella, la idolatría al joven había alcanzado niveles no imaginados.
El amor de Sophia inexplicablemente se tornó en un secreto odio, una pasión
desbocada terminaba en una ira enceguecida hacia la imagen de Alejandro. La
batalla final sería en la tierra de los Oritas, cerca de la recién fundada
Alejandría (no la primera con este nombre, por cierto), y se llevaría a cabo un
Jueves. El ejército Macedonio guardo vigilia hasta el alba, donde atacando por
el Mar Arábigo y por tierra al mismo tiempo dieron sorpresa al ejercito Persa,
la batalla fue como la había imaginado Alejandro, su mente estratega no le
había fallado y en las primeras horas de la mañana, los Macedonios dominaban
las salidas y a la caballería Persa, mientras tanto, en Pella, Sophia, se
desvivía en busca de unos documentos para el Rey de Laconia, entre el desorden
creado por la búsqueda, la joven halló la pluma de ganso que su amado le había
entregado, la quiso guardar, pero en un ataque de ira, debido a una mezcla de
amor y odio creada por la creciente idolatría del pueblo hacia Alejandro y
básicamente por un odio desmedido a su nueva vida sin alegrías, corrió hacia el
templo de Orfeo e incineró su pluma y sus papiros, la promesa de amor eterno se
había roto, en ese instante, Alejandro embestía contra las tropas Persas cuando
Bucéfalo tropezó contra un soldado macedonio moribundo, al caer, Alejandro se
incrustó en el pecho la pluma de ganso que guardaba en las alforjas
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