martes, 26 de junio de 2012

Una breve historia de amor...


         Cuando el ejército de Alejandro Magno abandonó las tierras Tracias en busca de la definitiva conquista de Asia, los tropas macedonias debieron recrudecer enormemente sus filas para tan gigante empresa, todos los hombres capaces de desenfundar una espada, portar un escudo o simplemente montar un caballo fueron reclutados por Parmenio, general alterno y hombre de confianza de Alejandro. El Reino de Filipo quedó entonces plagado de mujeres, ancianos y niños, los cuales debían no solo velar por las cuestiones administrativas del reino sino también por posibles invasiones de los no tan confiables aliados de Epiro y Tesalia o de los mismos griegos.
Olimpia, madre de Alejandro, y viuda de Filipo el Grande, guardaba gran celosía sobre su único hijo y había negado su bendición a varias pretendientes que venían de las casas más nobles de la península helénica y de las islas romanas, por lo que corazón contrariado disfrutaba su lejanía de los acosos femeninos pero sufría enormemente los obvios peligros de la guerra y principalmente la lejanía de su hijo con el Palacio que lo vio crecer. Como es conocido Alejandro no era sólo un guerrero bravío y gran estratega militar, sino un hombre de letras, culto y veloz de pensamiento, lo que no era conocido era que antes de su partida Alejandro había prendado su corazón y parte de su alma a una joven noble de Beocia (sur de Grecia), cuyo destino fortuito de reyes la hizo desembocar en el Palacio de Filipo, por pedido especial del hermano de este, que reinaba en Beocia y no veía en esa ciudad un destino seguro para su hija, y si encontraba en la hoy letrada ciudad de Pella un claro porvenir para su hija. Viviendo aún Filipo, mandó a educar a ambos bajo los mismos preceptos, siendo así que Sophia terminó por conocer a Alejandro en su temprana juventud. El amor tardó en florecer, como casi toda la flora de la península, y encontró su máxima expresión previa a la partida de Alejandro hacia la tierra de los persas, las promesas de amor eterno abundaron en la secreta despedida, ya que como todos sabrán, era un amor no destinado por los dioses. Finalmente, a fin de sellar su unión amorosa, intercambiaron talismanes de amor, prestando especial atención a dos plumas de ganso, las cuales utilizarían para escribir las oleadas de pasión que asomaran a sus sentidos, y luego, en el encuentro, serían quemadas junto con los manuscritos en el templo de Orfeo (culto prohibido que Olimpia profesaba en secreto en el cual Alejandro había sido iniciado de muy pequeño). Se despidieron, Alejandro montó en su corcel, Bucéfalo, y se alejó en busca de su ejército.
Olimpia, desde un oscuro silencio, conocía a la perfección el joven amor de Alejandro hacia Sophia, y esperó la partida del ejército al Asia Menor para descargar su celosa ira sobre la joven. Su condición de Reina y nueva regente, debida al deceso de Filipo y la partida de Alejandro, le otorgaba variadas posibilidades para su lenta venganza, pero no terminaba por decidirse cuando una doncella le informó del pacto secreto que mantenían Sophia y Alejandro, lo cual le otorgó el método más perfecto y doloroso para desahuciar el joven amor de ambos.
En las primeras épocas de su partida, Alejandro, escribía inspirados versos de amor y dolor, de esperanza y pasión hacia el recuerdo de su amada, la guerra tardaría en empezar ya que el ejército Persa se había dispersado entre Persia, Karakora, Pamir y la tierra de los Escitas, por lo que la lenta marcha del gran ejército le proveía a Alejandro el tiempo necesario para pensar en su amada y expresar ese amor en versos en latín y griego que guardaba cuidadosamente en las alforjas de Bucéfalo. Mientras tanto Sophia también descargaba sus borbotones de pasión en letras, y las guardaba celosamente en el templo de Apolo, donde conocía a uno de los ministros, gracias a su padre, el cual miraba con reserva la procesión de papiros diarios que le llegaba. Olimpia, en un acto visto desde el público con beneplácito, le ofreció a Sophia ser su Consejera mientras duraran las guerras en Asia, y esta, con absoluta confianza en su tía, acepto con regocijo el nuevo cargo.
La designación fue aceptada por los ancianos del Consejo, ya que sabían que Sophia había sido educada junto a Alejandro y que poseía la misma sagacidad que el joven guerrero, por lo que no hubo prácticamente oposición y Sophia asumió el importante cargo. Las obligaciones del Reino eran excesivas y Olimpia no hacía más que designar a su sobrina a cargo de todas las tareas que se presentaran, la joven respondía con gran inteligencia los renovados retos que le llegaban, y por sobre todo, encontraba entre las madrugadas tiempo para darle sus diálogos de amor a Alejandro, en papiros cada vez más gastados, cuya letra cada vez se deformaba más ante el evidente cansancio de la joven.
Pasado un tiempo, el ejercito Persa se había reunido en Persépolis, con la firme decisión de enfrentar a Alejandro, este y su ejército se encontraban a 3 días de marcha de las murallas de la ciudad, por lo que todo el mundo supo que la guerra finalmente se avecinaba, el gran sueño asiático de Filipo se estaba por cumplir en las manos de su joven hijo Alejandro. Las alforjas de Bucéfalo rebalsaban de poesía y la pluma de ganso de Alejandro presentaba ya un intenso desgaste por el uso y el viaje. Ya en esta época Sophia había dejado sus noches literarias e intercalaba periódicamente sueños reparadores con breves notas para su amado. Olimpia le designaba cada vez más y más tareas con el fin de agotarla definitivamente, y lo estaba logrando.
Como toda guerra importante, las luchas se prolongaron por meses y meses, Alejandro peleaba cuerpo a cuerpo como era su costumbre, y a pesar de sus heridas y del cansancio obvio de las luchas, le regocijaba plasmar sus sentimientos por Sophia y su alegría aumentaba al saber que los persas iban perdiendo terreno por todo el Medio Oriente. Claro que en la península las cosas eran bastante distintas, la atareada Sophia había excedido largamente su capacidad de ocupación e incluso su sagacidad de antes se veía disminuida, incluso fue criticada más de cuatro veces por maltratos a sus subordinados, y la joven alegre de hace escasos meses se había transformado en huraña e irascible. Obviamente en este panorama, los escritos para su amado habían pasado al olvido, no porque ella se había olvidado de Alejandro, sino por sus interminables días, en los últimos meses sólo alcanzaba a dormir 3 o 4 horas por noche y se prometía a sí misma esperar que termine la guerra para poder escribir todos los sentimientos empolvados que el recuerdo de su amado le producía, pero el día ese no llegaba.
En Asia, se acercaban las batallas finales, y el éxito de la campaña de Alejandro era inminente, el mundo occidental ya hablaba de él como hijo de dioses y no de Filipo y en la península griega, y principalmente en el Palacio de Pella, la idolatría al joven había alcanzado niveles no imaginados. El amor de Sophia inexplicablemente se tornó en un secreto odio, una pasión desbocada terminaba en una ira enceguecida hacia la imagen de Alejandro. La batalla final sería en la tierra de los Oritas, cerca de la recién fundada Alejandría (no la primera con este nombre, por cierto), y se llevaría a cabo un Jueves. El ejército Macedonio guardo vigilia hasta el alba, donde atacando por el Mar Arábigo y por tierra al mismo tiempo dieron sorpresa al ejercito Persa, la batalla fue como la había imaginado Alejandro, su mente estratega no le había fallado y en las primeras horas de la mañana, los Macedonios dominaban las salidas y a la caballería Persa, mientras tanto, en Pella, Sophia, se desvivía en busca de unos documentos para el Rey de Laconia, entre el desorden creado por la búsqueda, la joven halló la pluma de ganso que su amado le había entregado, la quiso guardar, pero en un ataque de ira, debido a una mezcla de amor y odio creada por la creciente idolatría del pueblo hacia Alejandro y básicamente por un odio desmedido a su nueva vida sin alegrías, corrió hacia el templo de Orfeo e incineró su pluma y sus papiros, la promesa de amor eterno se había roto, en ese instante, Alejandro embestía contra las tropas Persas cuando Bucéfalo tropezó contra un soldado macedonio moribundo, al caer, Alejandro se incrustó en el pecho la pluma de ganso que guardaba en las alforjas

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