jueves, 21 de junio de 2012

Voy partiendo


Pasaron las nueve, las torres de control demoran mi salida, desconozco los desperfectos que están entorpeciendo el embarque, no me interesa conocerlos, eventualmente saldré, en minutos, en horas, pero saldré.

Igual, si vale aclarar, esto no empieza acá, es decir este proceso, no empieza ahora cuando voy acercándome al control migratorio y repaso mentalmente el momento en que indefectiblemente incluí el pasaporte en la mochila, y al dudar freno para comprobarlo, y si, ahí estaba; no, esto empezó antes, digamos que tal vez empezó cuando vi mi cielo y lo encontré cansado, o cuando mi calle se puso lenta y algo perezosa, o cuando mi casa algo ajena, no lo sé, para ser honesto, los síntomas varían, aunque casi indefectiblemente, se que cuando me paso demasiado tiempo mirando por la ventana y no estoy mirando nada, cuando paso más tiempo del promedio repasando fotos y en todas sonrío, cuando tardo más de lo necesario en cruzar las esquinas, o cuando al lado de la cama aparece algún libro de Hemingway por más de tres noches seguidas, se que tengo que ir partiendo, se que es hora de salir un rato.

No creo en huir ni en escapar, esto no se trata de esto, se que a cada paso que doy hacia ese avión, o hacia aquel tren, se que estoy un paso más lejos de mi lugar, de mi casa, pero ahora necesito ir partiendo, necesito salir un rato.

Bastante más cerca de las diez finalmente nos llaman, acá empieza oficialmente mi viaje físico, debo apurarme porque una parte mía ya se fue hace unos días, hay un pedazo adelantado que suele irse antes de tiempo, y necesito apurarme para encontrarnos, nos volveremos a unir en el viaje, no sé realmente donde ni exactamente cuando, pero volveremos juntos, siempre nos encontramos y volvemos juntos, pero ahora, en este instante, debo apurarme, estoy algo incompleto y no me gusta. Igual no estoy sólo, en este momento somos varios los incompletos, nos podemos identificar en la mirada, no necesitamos decir nada, pero nos miramos y sabemos que estamos incompletos y que estamos yendo a buscar algo que falta, no estamos tristes, todo lo contrario, todos guardamos unas sonrisas en algún lado cercano al pasaporte, aunque no vayamos mostrándolas constantemente.

Me gustaría ser exacto pero no puedo, ya voy partiendo y el destino de turno es anecdótico, esta vez es avión y ya dijeron lo de las puertas en automático, cross check y reportar, ya el capitán prometió pocas turbulencias, ya apagué los dispositivos electrónicos, ya mi celular está en modo avión y yo en modo viaje, voy partiendo, me recuesto ligeramente, miro de reojo las miles de luces de la ciudad, voy partiendo, cierro los ojos no por miedo, los cierro porque por unos días voy a soñar, los abriré a la vuelta, voy partiendo, otra vez, voy partiendo.

Quisiera ser exacto pero no quiero, por unos días, estaré lejos, este Santiago presente no es el motivo ni es la respuesta, acá voy partiendo, a cada paso por aquella calle que desconozco se viene un paso solidario de todas aquellas calles que alguna vez desconocí, acá de nuevo soy más curioso, voy a entrar en cada puerta que me llame y en más de una sin ser llamado, mi mirada de nuevo esta buscando otra mirada, mis ojos de nuevo exploran, ellos están inquietos, tal vez hasta más que yo…

…doblando en esta esquina se ve un barcito pequeño de paredes rojas y amarillas, sus escasas dos mesitas están aún vacías, un poco más allá, en aquella pared desgastada hay un obrero tomándose un descanso, está agotado pero disfruta con locura el cigarrillo que se está llevando a la boca, el sol le oculta el rostro, pienso en la foto que se impone, calculo un poco mentalmente, un poco apoyado en la tecnología, velocidades y exposiciones y antes, justo antes de disparar, me detengo y decido guardar esta imagen sólo en mi retina, la memoria hará el resto, ella juzgará que hacer con esto, y allá un graffiti, y acá una puerta, y camino, y corro, y entonces entre dos parpadeos acá suena el frenético piano de un jazz en Brooklyn, suena una ranchera insistente en Tepoztlán, veo allá las solitarias tablas de un cementerio en Tokyo, empiezo a oler un poco de un mercadito en Penang y algo de un locro bien salteño, se vienen las sonrisas de tres niños en Salvador y miles de mares interminables, se pasa mi pueblo en otro parpadeo y algo de Taganga y Cartagena, y otro parpadeo y de nuevo esta calle, esta calle que se pierde en bajada, y camino, voy partiendo, porque como sabrán, allá abajo, donde se pierde esta calle se encuentra lo que ando buscando, es decir, no saber que hay, allá está mi ignorancia, mi no saber tan necesario, ahí está lo que mi cinta en blanco precisa, lo que no sé me espera, no es lejos, justito, ahí abajo… 

No hay comentarios:

Publicar un comentario