Pasaron
las nueve, las torres de control demoran mi salida, desconozco los desperfectos
que están entorpeciendo el embarque, no me interesa conocerlos, eventualmente
saldré, en minutos, en horas, pero saldré.
Igual,
si vale aclarar, esto no empieza acá, es decir este proceso, no empieza ahora
cuando voy acercándome al control migratorio y repaso mentalmente el momento en
que indefectiblemente incluí el pasaporte en la mochila, y al dudar freno para
comprobarlo, y si, ahí estaba; no, esto empezó antes, digamos que tal vez empezó
cuando vi mi cielo y lo encontré cansado, o cuando mi calle se puso lenta y
algo perezosa, o cuando mi casa algo ajena, no lo sé, para ser honesto, los
síntomas varían, aunque casi indefectiblemente, se que cuando me paso demasiado
tiempo mirando por la ventana y no estoy mirando nada, cuando paso más tiempo
del promedio repasando fotos y en todas sonrío, cuando tardo más de lo
necesario en cruzar las esquinas, o cuando al lado de la cama aparece algún libro
de Hemingway por más de tres noches seguidas, se que tengo que ir partiendo, se
que es hora de salir un rato.
No
creo en huir ni en escapar, esto no se trata de esto, se que a cada paso que
doy hacia ese avión, o hacia aquel tren, se que estoy un paso más lejos de mi
lugar, de mi casa, pero ahora necesito ir partiendo, necesito salir un rato.
Bastante
más cerca de las diez finalmente nos llaman, acá empieza oficialmente mi viaje
físico, debo apurarme porque una parte mía ya se fue hace unos días, hay un
pedazo adelantado que suele irse antes de tiempo, y necesito apurarme para
encontrarnos, nos volveremos a unir en el viaje, no sé realmente donde ni
exactamente cuando, pero volveremos juntos, siempre nos encontramos y volvemos
juntos, pero ahora, en este instante, debo apurarme, estoy algo incompleto y no
me gusta. Igual no estoy sólo, en este momento somos varios los incompletos,
nos podemos identificar en la mirada, no necesitamos decir nada, pero nos
miramos y sabemos que estamos incompletos y que estamos yendo a buscar algo que
falta, no estamos tristes, todo lo contrario, todos guardamos unas sonrisas en
algún lado cercano al pasaporte, aunque no vayamos mostrándolas constantemente.
Me
gustaría ser exacto pero no puedo, ya voy partiendo y el destino de turno es
anecdótico, esta vez es avión y ya dijeron lo de las puertas en automático,
cross check y reportar, ya el capitán prometió pocas turbulencias, ya apagué
los dispositivos electrónicos, ya mi celular está en modo avión y yo en modo
viaje, voy partiendo, me recuesto ligeramente, miro de reojo las miles de luces
de la ciudad, voy partiendo, cierro los ojos no por miedo, los cierro porque
por unos días voy a soñar, los abriré a la vuelta, voy partiendo, otra vez, voy
partiendo.
Quisiera
ser exacto pero no quiero, por unos días, estaré lejos, este Santiago presente
no es el motivo ni es la respuesta, acá voy partiendo, a cada paso por aquella
calle que desconozco se viene un paso solidario de todas aquellas calles que alguna
vez desconocí, acá de nuevo soy más curioso, voy a entrar en cada puerta que me
llame y en más de una sin ser llamado, mi mirada de nuevo esta buscando otra
mirada, mis ojos de nuevo exploran, ellos están inquietos, tal vez hasta más
que yo…
…doblando
en esta esquina se ve un barcito pequeño de paredes rojas y amarillas, sus
escasas dos mesitas están aún vacías, un poco más allá, en aquella pared
desgastada hay un obrero tomándose un descanso, está agotado pero disfruta con
locura el cigarrillo que se está llevando a la boca, el sol le oculta el
rostro, pienso en la foto que se impone, calculo un poco mentalmente, un poco
apoyado en la tecnología, velocidades y exposiciones y antes, justo antes de
disparar, me detengo y decido guardar esta imagen sólo en mi retina, la memoria
hará el resto, ella juzgará que hacer con esto, y allá un graffiti, y acá una
puerta, y camino, y corro, y entonces entre dos parpadeos acá suena el frenético
piano de un jazz en Brooklyn, suena una ranchera insistente en Tepoztlán, veo
allá las solitarias tablas de un cementerio en Tokyo, empiezo a oler un poco de
un mercadito en Penang y algo de un locro bien salteño, se vienen las sonrisas
de tres niños en Salvador y miles de mares interminables, se pasa mi pueblo en
otro parpadeo y algo de Taganga y Cartagena, y otro parpadeo y de nuevo esta
calle, esta calle que se pierde en bajada, y camino, voy partiendo, porque como
sabrán, allá abajo, donde se pierde esta calle se encuentra lo que ando
buscando, es decir, no saber que hay, allá está mi ignorancia, mi no saber tan
necesario, ahí está lo que mi cinta en blanco precisa, lo que no sé me espera,
no es lejos, justito, ahí abajo…
No hay comentarios:
Publicar un comentario