viernes, 8 de junio de 2012

Para que escribo


     Indefectiblemente pensaran en las glorias válidas de la literatura, y que cualquiera debería escribir para el sincero reconocimiento de los eruditos de las letras, muchos escribiran en busca de esa frase única, ese poema perfecto o ese cuento único; y claro, en el proceso se tropezaran con los escritos más desdichados. Se buscará también ese enriquecimiento eterno del lenguaje, esa combinación casi matemática de palabras oportunas, de metáforas inmejorables, y caerán en infinitos errores algunas veces, otras se alzarán con la pequeña o gran victoria, y se sentirán orgullosos como un pavo real o se avergonzarán con los rostros entumecidos y rojos. Lamentablemente no puedo compartir estos rumbos del pensamiento, reconozco, sin embargo, que estas empresas deben ser dignas de grandes literatos, allá, es decir, a una distancia suficiente del piso, donde las verborragias nocturnas son horas de trabajo, y las lágrimas sobre las hojas son una pérdida de tiempo y un par de insultos por la obvia transcripción. Yo sin embargo no levanto vuelo en estos aires, escribo sólo por razones estúpidas, tal vez para evitar un llanto, tal vez para regalarme una risa, mis torpes letras no acarician la perfección ni piensan en ella, mis metáforas deambulan por las calles arropadas con andrajos que les proveo periódicamente, no se elevan sobre el mar de la mediocridad sino que nadan plácidamente en sus aguas y se secan oportunamente con hojas otoñales de simpleza. Escribo también para ella, que no existe, pero la invento, la creo con sílabas azules, con puntos y comas breves y tímidos o con adjetivos atrevidos y grises. Claro que en primavera siempre aparecen provisorios pedazos de cielo que apuran las letras y rearman esperanzas de invierno, y mis poemas brotan como pasto fresco, intentan flotar sobre una cama de rosas y caen bruscamente sobre el cemento de la realidad, y mi corazón se cierra aún más, hasta casi hacerse ajeno a mis propias lágrimas. A veces escribo por ellos, es decir, por mis miedos, trato de dedicarles breves odas, trato de explicarlos para que sanamente entiendan mi psicosis y me perdonen los vaivenes de carcajadas y suicidios. Ultimamente también le quise escribir a ella, es decir, a la esperanza, casi mi único motivo verdadero y recíproco de letras, ella me mira, me acaricia, y me da más de cuatro motivos para sonreir, claro que conozco su partida inminente, por eso vuelvo a apresusar mis juegos macabros para sobrevivir intacto, para estar herido sin dolor y seguir esquivando los pozos de felicidad que me acechan.
     "...lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición..." decía Borges, debo aclarar que no considero mis pasajes buenos, pero aplico mis silogismos categóricos de primer orden en este punto, y afirmo que mis letras, una vez escritas, ya no son mías, ni de ella o ellos, y pasan a las filas gloriosas o desgraciadas de la historia literaria sin dar sensación de pertenencia a nadie. Claro que mi felicidad no es pequeña, al entender filosóficamente, que con mis letras huyen también las sensaciones que las causaron, alla lejos causa-efecto, y en ellas, no sólo se va ella, sino también dolor, sufrimiento, moderada alegría y raudas esperanzas.
Evidentemente debe ser por esto que escribo, por este despojo de sensaciones necesario para rescatar mojones de alma intactos. Sobrevivo gracias a eso, por eso escribo, para abandonar dolores sin lágrimas y evitar riesgos innecesarios. ¿Quién puede arriesgarse a amar en estas condiciones?, que insensato puede arriesgar más de una noche de lágrimas por lo imposible, por esa felicidad que es una amarga espera, un motor invisible para tantos hombres y una cruel realidad para otros como yo, una promesa de tontos o una esperanza inútil. ¿Debo arriesgarme a este ajedrez del destino?, quizá deba seguir escribiendo, por que a veces también escribo, cosas como esta, que me dicen porque escribo cosas como esas, y quizá por eso escribo.

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