miércoles, 6 de junio de 2012

Capítulo 2: Los Personajes - Evaristo Roldán


          Ni aún las cinco de la mañana, la casa antigua de Costa Rica y Borges huele a naftalina y alquitrán, nadie sabe a ciencia cierta cuantas personas viven en las dos plantas que desembocan a una tipa frondosa sobre Costa Rica, precisamente donde pasa el ramal tres del 39, cuyo ruido de frenos de aire suele ser el único que quiebra el suave murmullo de la música que se expande desde Plaza Serrano y araña con su úlitmo esfuerzo la esquina de nuestra casa. Las parejas enamoradas suelen caminar entre algodones toda la noche, van sigilosos murmurando palabras de amor, palabras que en voz alta los sonrojarían, pero que el manto nocturno suavizan los labios y las manos de incluso los primeros amores. Ni aún las cinco de la mañana, y en el tercer cuarto de la derecha, en la segunda planta, suena el chillido de un despertador de lata, siempre por escasos segundos, luego se escucha un golpe sordo, y una luz que se prende, ya todos lo saben, Evaristo es el primero en despertarse, todos saben también que no hará más de cinco horas que se acostó, pero desde que llegó acá nunca se lo ha visto dormir más.
          Evaristo se despabila lentamente, su cuarto es realmente pequeño, a la cama vencida contra la pared, se le suma una breve mesa en perpendicular, una silla hace las veces de armario, y una vez parado, solo puede dar dos o tres pasos hasta toparse con la puerta, que carece de cerradura y siempre está abierta. Muchas veces he llegado de madrugada y he visto este proceso mientras me deslizaba hacia mi cuarto, y siempre me pregunté como hacía ese muchacho pálido y delgado para trabajar tanto. Evaristo no sobrepasa el metro setenta, su piel es blanquecina, durmiendo siempre pareció un difunto, sus ojos son de un negro profundo y su cuerpo delgado pareciera ser una excusa para retener su alma entre los vivos. Verlo prepararse para trabajar a la madrugada o a la tarde o a la noche describiría enciclopédicamente la palabra metamorfosis, ya habrán entendido que Evaristo tiene tres trabajos, aunque en rigor de verdad tiene dos trabajos y una pasión......
          El cuerpo escúalido en madrugada se transforma lentamente en un joven de traje, muy pulcro por cierto, nadie adivinaría la esforzada vida de Evaristo al verlo trabajar en su escritorio de roble, en la recepción del Banco Río, sobre Avenida Mitre, en Avellaneda, nadie adivinaría que se despertó cuando no eran aún las cinco de la mañana, que tardó casí una hora en dejar en óptimas condiciones el traje que es el mismo todos los días, y que a pesar de la hora y media de viaje, siempre llega casi media hora antes, para volver a retocar el traje que fue la única herencia paterna, además de la madre destrozada que le dejó al irse una noche de abril, hace ya 8 años, cuando él aun vivía en Carlos Casares, tragedia que llevo a que su madre se suicidará tres años más tarde, y que los cinco hermanos partieran en éxodo hacia los lugares más variados del país, siendo Evaristo el único que quizo probar suerte en Buenos Aires. Claro que su cara de 9 a 13 no expresa nada de ese dolor, y una sonrisa se ve dibujada en su rostro. Luego sale, camina tres cuadras, solicita al playero de la YPF de Mitre y Alsina las llaves del baño privado (que le fueron concedidas gracias a varios favores que Evaristo le realizó al dueño de la estación) y cuidadosamente se saca su ropa de trabajo, coloca el impecable traje en un perchero que lleva en un bolso, lo guarda con serenidad, y parte en el 95 hacia el hospital Moyano, donde gracias un curso de enfermería que hizo cuando era más joven, realiza cuidados especiales a cuadros psicóticos en recuperación y aprovecha para (además de sumar dinero a su magro sueldo bancario) revisarse periódicamente con un médico amigo que le facilita algunos medicamentos para su asma nerviosa y para los males que le achaca estacionalmente el invierno crudo de la casa no calefaccionada y las alergías del polen primaveral. Luego de su día siempre agotador, vuelve por escasos ratos a nuestra casa, donde se prepara religiosamente para su última tarea, la única que realiza con verdadero placer, cerca de las 9 de la noche, Evaristo se sienta en la pequeña mesa, frente a un espejo oxidado, y empieza a enblanquecer aún más su cara, se coloca el redondel de plástico rojo en la nariz, y sale a la calle con sus grandes zapatos y su pantalón parchado y tiradores, a ser payaso...... por un rato..... a robarle a la gente las carcajadas que el no puede dar....... a robar alegría con la vaga esperanza, de que esa misma alegría, quedará en su alma, como un sueldo invalorable por su tarea tan preciada, y por dos o tres horas.... y a veces más, se alimenta con sonrisas, sabiendo casi siempre, que esa noche, será el único alimento que recibirá.

No hay comentarios:

Publicar un comentario