Ni aún las cinco de la mañana, la casa
antigua de Costa Rica y Borges huele a naftalina y alquitrán, nadie sabe a
ciencia cierta cuantas personas viven en las dos plantas que desembocan a una
tipa frondosa sobre Costa Rica, precisamente donde pasa el ramal tres del 39,
cuyo ruido de frenos de aire suele ser el único que quiebra el suave murmullo de
la música que se expande desde Plaza Serrano y araña con su úlitmo esfuerzo la
esquina de nuestra casa. Las parejas enamoradas suelen caminar entre algodones
toda la noche, van sigilosos murmurando palabras de amor, palabras que en voz
alta los sonrojarían, pero que el manto nocturno suavizan los labios y las manos
de incluso los primeros amores. Ni aún las cinco de la mañana, y en el tercer
cuarto de la derecha, en la segunda planta, suena el chillido de un despertador
de lata, siempre por escasos segundos, luego se escucha un golpe sordo, y una
luz que se prende, ya todos lo saben, Evaristo es el primero en despertarse, todos
saben también que no hará más de cinco horas que se acostó, pero desde que llegó
acá nunca se lo ha visto dormir más.
Evaristo se despabila lentamente, su cuarto es
realmente pequeño, a la cama vencida contra la pared, se le suma una breve mesa
en perpendicular, una silla hace las veces de armario, y una vez parado, solo
puede dar dos o tres pasos hasta toparse con la puerta, que carece de cerradura
y siempre está abierta. Muchas veces he llegado de madrugada y he visto este
proceso mientras me deslizaba hacia mi cuarto, y siempre me pregunté como hacía
ese muchacho pálido y delgado para trabajar tanto. Evaristo no sobrepasa el metro setenta, su piel
es blanquecina, durmiendo siempre pareció un difunto, sus ojos son de un negro
profundo y su cuerpo delgado pareciera ser una excusa para retener su alma entre
los vivos. Verlo prepararse para trabajar a la madrugada o a la tarde o a la
noche describiría enciclopédicamente la palabra metamorfosis, ya habrán entendido
que Evaristo tiene tres trabajos, aunque
en rigor de verdad tiene dos trabajos y una
pasión......
El cuerpo escúalido en madrugada se
transforma lentamente en un joven de traje, muy pulcro por cierto, nadie
adivinaría la esforzada vida de Evaristo
al verlo trabajar en su escritorio de roble, en la recepción del Banco
Río, sobre Avenida Mitre, en Avellaneda, nadie adivinaría que se despertó cuando
no eran aún las cinco de la mañana, que tardó casí una hora en dejar en óptimas
condiciones el traje que es el mismo todos los días, y que a pesar de la hora y
media de viaje, siempre llega casi media hora antes, para volver a retocar el
traje que fue la única herencia paterna, además de la madre destrozada que le
dejó al irse una noche de abril, hace ya 8 años, cuando él aun vivía en Carlos
Casares, tragedia que llevo a que su madre se suicidará tres años más tarde, y
que los cinco hermanos partieran en éxodo hacia los lugares más variados del
país, siendo Evaristo el único que quizo
probar suerte en Buenos Aires. Claro que su cara de 9 a 13 no expresa nada de
ese dolor, y una sonrisa se ve dibujada en su rostro. Luego sale, camina tres
cuadras, solicita al playero de la YPF de Mitre y Alsina las llaves del baño
privado (que le fueron concedidas gracias a varios favores que Evaristo le realizó al dueño de la estación) y
cuidadosamente se saca su ropa de trabajo, coloca el impecable traje en un
perchero que lleva en un bolso, lo guarda con serenidad, y parte en el 95 hacia
el hospital Moyano, donde gracias un curso de enfermería que hizo cuando era más
joven, realiza cuidados especiales a cuadros psicóticos en recuperación y
aprovecha para (además de sumar dinero a su magro sueldo bancario) revisarse
periódicamente con un médico amigo que le facilita algunos medicamentos para su
asma nerviosa y para los males que le achaca estacionalmente el invierno crudo
de la casa no calefaccionada y las alergías del polen primaveral. Luego de su
día siempre agotador, vuelve por escasos ratos a nuestra casa, donde se prepara
religiosamente para su última tarea, la única que realiza con verdadero placer,
cerca de las 9 de la noche, Evaristo se
sienta en la pequeña mesa, frente a un espejo oxidado, y empieza a enblanquecer
aún más su cara, se coloca el redondel de plástico rojo en la nariz, y sale a la
calle con sus grandes zapatos y su pantalón parchado y tiradores, a ser
payaso...... por un rato..... a robarle a la gente las carcajadas que el no
puede dar....... a robar alegría con la vaga esperanza, de que esa misma
alegría, quedará en su alma, como un sueldo invalorable por su tarea tan
preciada, y por dos o tres horas.... y a veces más, se alimenta con sonrisas,
sabiendo casi siempre, que esa noche, será el único alimento que
recibirá.
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