Es
difícil proponer un punto de partida, nadie pudo imaginar que el adelanto de
Santa Rosa en una desmesurada tormenta el 26 de Agosto, que el bache pésimamente
arreglado en la esquina de Junín y Juncal, que una historia de amor tan
inconclusa como la de Graciela y Osvaldo, que el cambio de cadete en la florería
de Uriburu o que el cumpleaños de Lucas, el chico de ojos claros que vive sobre
French, terminaría en la tragedia del 28, con la muerte de Norma y su hijo, en
uno de esos accidentes tan evitables que la bronca se transforma en espuma en
los ojos cada vez que uno se acuerda. Claro que hoy a la distancia, todo parece
tan obvio......
Sería una tarde normal de Martes en
otoño, cuando Francisca Barros salío acelerada
por Paraná, atropellando sus pasos como siempre lo hacía, y prestando casi
ninguna atención al recorrido de los autos que transitaban Vicente López. A cada
esquina que atravesaba sin cuidado la iban saludando, el portero del edificio de
Rodriguez Peña y Guido, el kioskero de la tabacalera, apenas cruzando, los
ancianos del club de ajedrez, sin ninguno esperar el retorno de aquel gesto, La
Maga (como le decían desde hacía unos años por algún amorío juvenil con tintes de Rayuela) corría en pequeños pasos sin espacio
para pausas de formalidades ni etiquetas. Siempre había sido así, ya desde niña,
desde aquella época en que se sus ojos se escondían detrás de un flequillo
interminable que su madre le había dado en castigo luego de haber rechazado
hasta el cansancio las obligadas trenzas, desde aquel muro de pelo azabache
sabía conquistar la cuadra cuando dejaba amanecer su sonrisa, todos la recuerdan
corriendo desbocada por Montevideo (principalmente los ancianos del ajedrez, que
entonces no eran tan ancianos), la recuerdan corriendo a los brazos de su madre
o escapando de ella, o simplemente tratando de explicarse el mundo con sus
preguntas inclaudicables. Siempre había sido
así....
Pero aquella
tarde la Maga no se aceleraba por su genética ni por algún compromiso al que
asistiría tarde. La Maga cruzó Quintana, bajo por Callao hasta Posadas y aceleró
aún más el paso hasta llegar al correo, la sonrisa que la acompañaba siempre, no
se dejo mostrar esa tarde, la Maga, con sus ojos en clara contención de un
llanto, ingresó al correo y se agolpó en la ventanilla de encomiendas, observó
al empleado de correos y lo llamó con la mirada, casi sin aliento, le
susurró:
- Me llamo
Francisca Barros. Me llamaron hoy al mediodía, me dijeron
que.....
La falta de
aire atentó contra la Maga mientras el empleado, llamado Raúl, la tomo del brazo
y le rogó que se tranquilizará
- No se preocupe
Srta. Barros, sabemos a que vino, yo fui el que la llamo. Nos pareció sumamente
extraño esto y no vimos mejor manera de solucionarlo que llamándola a usted,
disculpe si la hemos incomodado. Pero ayer a última hora hemos recibido una
encomienda a su nombre, no tiene dirección y sólo llego hasta aqui debido a que
el remitente ha sabido encaminar al menos el código postal. Lo curioso Srta.
Barros es que hace ya 3 años que venimos recibiendo encomiendas similares,
siempre dirigidas a "La Maga" y no hemos sabido que hacer con ellas, no podemos
devolverlas porque el remitente no ha aclarado su dirección, y sólo hemos podido
saber su origen debido a un amigo en el Correo Central que me esta ayudando a
descifrar este pequeño misterio. Además....
La Maga
interrumpió abruptamente la amable explicación de Raúl y con la voz quebrada
pregunto, casi como una súplica...
- ¿De donde
vienen? ¿Pudo saber de donde vienen?
- Creemos que las
envían de
París.....
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