No va a ser la primera vez que alguien me comenta las
costumbres, hábitos, rutinas que van cambiando cuando conoces a alguien. Como
uno se adapta, descubre, adopta pequeños pedacitos de un mundo ajeno, hasta que
de a poco esas cosas se arriman a nuestro continente, y casi al mismo tiempo,
sin perder el tiempo en pasaportes ni aduanas, se instalan en nuestro país con
la firme intención de no irse nunca más.
Si, claro que lo entiendo. Y podría afirmar que lo he
vivido. El podría es potencial porque suelo ser ave migratoria y viajo liviano.
Pero podría es adecuado, cualquier otra cosa sería negar las marcas que siguen
existiendo.
Ella me sacó una pitada.
No voy a calificar la relevancia o significado de este
hecho. Me mantengo en lo concreto. Hace un tiempo, que ella me sacó una pitada.
La última del pucho, la más cercana al filtro, la más dañina según ella.
Yo entonces asumo que me cuida. Porque de algún modo
me quiere.
Asumo que sabe que no puede sacarme todas las pitadas
y que mi nicotina hoy balancea demasiadas cosas, ella sabe, como sabe tantas
otras cosas.
Seguramente, sin darme cuenta, haya más cosas que van
recorriendo mi país, como las lágrimas que hoy fluyen más reales, o como los
abrazos que envuelven más auténticos. Seguramente, ella ya lo sabe.
Ella sabe, que me sacó una pitada.
Si de contar se trata, y de números se requiere, yo me
defiendo bien y me he tomado el trabajo de contar las pitadas de un pucho. Uno
promedio, sin apuros, ni nervios, sin aceleres, me lleva 8 pitadas.
Ella me sacó la novena. La última. Que paradójico. Ni
aún contándolas fumé la novena, ya no me pertenece.
Por más simple y ordinario que parezca. Para mi es
importante. Es importante saber que ella me cuida, y que haciendo matemáticas,
con su pitada ya me borró uno o dos puchos de mi rutina (dependiendo el día)
Las otras cosas, que seguramente no sean tan simples y
tal vez sean más importantes. Ahora no me preocupan.
Ella me sacó una pitada.
Yo le regalé mi novena.
Suena justo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario