- Claro que la quiero, eso es obvio, siempre le
demostré que la quería – dije como quien afirma algo que no debería nunca estar
en discusión, ese cariño no estaba en cuestión en mi cabeza, ya lo había
sentido, era real.
- Tal vez tengas que volver a demostrarlo, tal vez el
quererla hoy te signifique dejarla ir, tal vez te signifique sufrir un poco vos,
tal vez te signifique dar la cara.
- ¿Dar la cara? ¿A que te referís con dar la cara? –
no quería escuchar la respuesta, no quería que me diga lo que ya sabía que iba
a decir.
- A que la llames, a que la veas, a que le cuentes
todo esto, es justo que ella lo sepa, es hora que estas ideas se peguen una
buena ducha de realidad, ¿no te parece?
- Me parece que a ella no le va a hacer bien, creo que
es mejor para ella así, que no vuelva a abrir viejas heridas, ella ya lo cerró
a esto.
- Me parece que no estás pensando en ella, me parece
que tenés miedo – me dio un cigarrillo, me sirvió más vino, si tenía miedo,
ambos lo sabíamos, José no quiso hablar mucho más de eso, ya lo había dicho, yo
ya lo había aceptado.
El silencio se hizo largo esta vez, sólo nos mirábamos,
le dije mil cosas que no tenían palabras mientras me perdía en sus ojos, ella
me respondió otro tanto, la mirada sólo respiró dos parpadeos de un dialogo
eterno, lo que no se pudo decir, se dijo ahí, hasta que ella habló de nuevo.
- ¿Que pensás? – se rió mientras lo decía, la pregunta
que nos hacíamos cuando no había más nada que preguntar, siempre me causaba
risa, y esa vez no fue distinto, me reí ante su genialidad. La miré un segundo,
no había más palabras, no había más preguntas.
- Te quiero – uno amigable, un te quiero sin ansías,
mi mejor bandera blanca.
- Te quiero
- Estuvo bueno
- Muy bueno
Nos fuimos, caminamos unos metros sin decir nada y
luego cada uno siguió su camino, lo último que nos regalamos fue una risa, ella
se puso algo nerviosa y se tentó y la risa se le hizo un poco carcajada. Hubo cuatro
palabras más, dos de ellas fueron Chau, las otras dos me las guardo si es que
algún secreto me queda de esta historia.
Es lunes de nuevo, el calor que sospechaba se hizo
presente ni bien ingresé en la manga, una sola nube tímida se deshacía bien al
norte en Ezeiza, la primavera dejaba sus primeras pistas, era tiempo de camisa,
era tiempo de ese sol que abundaba en este mediodía. El vuelo llegó a tiempo,
el viaje lo había dormido y desplegué mis rituales, Bob Marley desde el iPod para
el control migratorio, vallenato para sortear la aduana, la misma lista de canciones
que hace años sonaba, salí veloz por suerte, me detuve mecánicamente apenas
afuera de las puertas corredizas a tomarme sediento una bocanada del aire
fresco luego del encierro de aeropuerto, el cigarrillo no esperó en despertarse
en mi mano y el encendedor apareció en su escondite de cables y biromes donde
suele esquivar controles de frontera, lo prendí y la primer pitada fue cortita,
ansiosa, la segunda increíble, llena. Me pidieron fuego unos turistas en un
español oxidadísimo, antes de devolvérmelo una chica se acercó, también en
busca de fuego, reconocí la voz mientras lo pedía, me di vuelta sabiendo que
era Loli, la miré, me miró, casi no hubo sorpresa, sin efusividad.
- Hola – me dijo, la voz, si su voz, no había cambiado,
el tono intacto de hace tanto tiempo.
- Hola – mi voz, la de siempre, sin pasado en el
saludo, sin reproches, nos volvíamos a saludar. Un abrazo corto, un beso en la
mejilla. Yo terminaba el cigarrillo, levantaba la mochila y preparé mi primer
paso.
- Yo voy para allá, ¿vos?
- Yo también – y se rió.
FIN
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