Era
miércoles, no hace tanto tiempo atrás, la confusión del día me terminó llevando
al puente que sobrevuela Figueroa Alcorta, el tiempo en términos reales sucedía
velozmente, mi reloj interno goteaba. Con ambas manos sostenía una carta,
escrita a mano que anduvo dando vueltas todo el día, la miraba sin leerla y
cada tanto levantaba la vista para ver el enjambre de luces rojas que latía
sobre el tránsito insoportable de las 7 de la tarde, aunque ya no eran las 7,
desconocía ya el horario, mi letra sobre la carta ya no se leía, la oscuridad
ya hacía sombra pero igual la miraba, la recordaba, la podía decir sin leerla,
la había pensado tantas veces que ya vibraba en mi memoria. A veces mi genio me
superaba y hasta repasaba posibles correcciones, como debía terminar, si era
muy directa, o muy formal, si era poco tierna o demasiado intensa, el desfile
de adjetivos pasaba por mi cabeza y ninguno parecía encajar, la miré de nuevo y
la leí en mi memoria…
“Dolores, Loli, vos… me
debo darte esta carta, me debo saber que está en tus manos este pedazo de mi, sólo
quiero que sepas que he estado bien y me extraña, que te extraño y me hace
bien, que ese viceversa me confunde, que sé y entiendo que no debe ser, que no
seremos del modo clásico y que tal vez te quiera con otro prisma y en silencio,
dejé que pase el tiempo y aún te miro, aunque no me veas. No me despido, ni me
quedo, sonrío que es lo que mejor nos sale. Besos. Abrazos.”
Que
la carta estuvo un rato en su puerta, otro rato en mi mano, luego de nuevo en
su puerta y ahora la veía caer hecha un bollo sobre Figueroa Alcorta, que
primero la pisó un Chevrolet Corsa y luego la desvaneció un camión de CLIBA
forman parte de la anécdota, lo único que es importante que sepan es que nunca
llegó a destino, que luego de hacerse bollo solamente se deslizo de mi mano
izquierda, la misma que la había creado y la dejé caer, la vi caer.
Era
sábado, de esos sábados en bicicleta, yo paseaba entre barrios y el frío ya se
había instalado en Buenos Aires, yo iba de canción en canción, mirando todo sin
mirar nada, iba a comprar un libro, aunque el libro era la excusa para un poco
de aire y dos ruedas, cuando volví a escuchar el sonido la canción una de
Charly, Pasajera en Tránsito, y por sobre esa armonía un ruido supremo, el
insulto de un taxista que ganaba fuerza y violencia “¡¡¡PELOTUDO!!! ¡¿Cómo te
frenás así?! Te van a matar flaco, estás loco, sos un pelotu…”, a esa altura
dejé de escuchar y recordé que te vi, y que frené y que por unos treinta
segundos perdí la memoria, cuando volví a ver ya no estabas y desde ese día no
sé si realmente te vi. Y si te vi, no se si me viste.
Un mes preparándome, a eso me refería, un mes preparándome
para estas cosas y que poco preparado estaba. Mi propia paz entrando en guerra,
ese tipo de paradojas, ese tipo de filosofías extrañas. Como verán, este
proceso desde aquella sonrisa, desde aquella tranquilidad hasta poder
entenderla no fue algo que se podría decir continuo ni estable, la famosa ficha
cayó, con mi amigo José, en una de esas charlas cósmicas que no llevan a nada y
solucionan todo, de esas que empiezan con José preguntando:
-
¿Te diste cuenta que tal
vez en un día hablás con mucha gente sin necesariamente utilizar tu voz?
-
Yo creo que a veces no
deberíamos utilizar la voz.
-
¿Qué te pasa? Dame ese vino
y empezá…
No hay comentarios:
Publicar un comentario