Confieso haber nacido, no por la obligación de un
testigo, sino porque creo recordarlo. Fui prematuro por partida doble, azul cianótico y
alérgico. Peruano y no limeño, costero, marino y primogénito. El joven amor materno estrenaba dos décadas y siendo hijo
de un hombre de ciencias médicas, mis primeros años fueron hospitalarios.
Crianza de amor filial ya jubilado, de a poco desempolvé
el frío amor húngaro, que hizo escala en ocho vidas, y grabé en mis venas la
mezcla de Danubio y Amazonas que fue dando colores a mi sangre, conocí guerras
mundiales y valses, selva e incas, Trópicos y ecuadores indistintamente, y huérfano de
alquiler y por opción, aprendí a reír.
Claro que los días de hospital de pueblo terminaron, sólo
para que empiecen las mañanas frente al mar, el exceso fotográfico, los miedos
de mi casa, los eternos pasillos, los fantasmas, las sombras de mi padre, y la
escalera a las noches más solitarias. Y extremadamente flaco y cabezón, sumamente
enfermizo y hablador, empecé a decir.
Fui médico de frontera, asistente social e hijo único, mi
destino de niñez itinerante era claro, y asumí las rutas del imperio Inca como
pasillos de mi única y gran casa. Como todos suponían, y yo sin saberlo imaginaba, uno de
los desvíos llegarían más lejos que el viejo imperio, hacia los reinados del
Plata, donde mi ya doctor padre quiso cultivar oportunidades. Claro que
conquistar las pampas no fue ni será tarea fácil, y la llegada sin bienvenida, es siempre augurio de épocas
difíciles, y seguramente lo fueron, más sabiendo que hace un par de años ya
contábamos con una integrante más en el gitano peregrinar, y callado y
observador, empecé
a entender.
Buenos Aires fue un tango, el corazón porteño no aprendía
a olvidar, y obviamente no había tiempo ni lugar para nosotros, sin embargo,
conocí Corrientes y Callao, los supermercados, hiperinflaciones, el guardapolvo
blanco, una novia y tres amigos. Fuimos extraños turistas, visitábamos dolores y
urgencias, como quién recorre catedrales y museos, hasta que la tierra nos
convocó, antes de los dos años de distancia, y volvimos, breve paso por
ciudades natales... y luego el pueblo ya era pequeño.
Lima fue el marco y Miraflores la tela donde se pintaron
los primeros colores intensos, los primeros amigos, la primera comunión y la segunda
niñez, pero la transitoria paz de mi cortometraje de acción se volvió a
interrumpir abruptamente, para volver a recorrer viejos caminos, y ya no tan
niño y mocoso, no tan flaco y cabezón, ya cansado y sin razón, aprendí a llorar.
Salté un grado y un verano, dejé Corrientes por Santa Fé,
Callao por Pueyrredón, y a pesar que el tango se fue haciendo milonga, el vaivén de destinos cerró un par de puertas en los caminos de mis sentimientos, muchas
de estas rutas se secaron y olvidaron, hasta casi no ser transitadas, y costó
un poco, como todo y como siempre.
Sin embargo, el frío austral fue desapareciendo gracias a tardes y abrazos, esos que llegan sin que nadie los espere, como 20 pesos en un pantalón viejo, y aunque llegaba con la rabia pisándome la huella, encontré fútbol, amigos, infancias perdidas, y mucho antes que me diera cuenta, escupía "che" a los cuatro vientos, puteaba a Codesal y lloraba con Diego en el 90', me dieron voz, "Vos" y amistad eterna, a cambio de un "Tú" y varios rencores. También cambié mis mares y jardines, por un ascensor y 4 ambientes, "segundas patrias siempre fueron buenas", decía Benedetti, y con tinta joven fui escribiendo mi patria interina, entonces ya confiado y sereno, adolescente y rebelde, aprendí a querer.
Sin embargo, el frío austral fue desapareciendo gracias a tardes y abrazos, esos que llegan sin que nadie los espere, como 20 pesos en un pantalón viejo, y aunque llegaba con la rabia pisándome la huella, encontré fútbol, amigos, infancias perdidas, y mucho antes que me diera cuenta, escupía "che" a los cuatro vientos, puteaba a Codesal y lloraba con Diego en el 90', me dieron voz, "Vos" y amistad eterna, a cambio de un "Tú" y varios rencores. También cambié mis mares y jardines, por un ascensor y 4 ambientes, "segundas patrias siempre fueron buenas", decía Benedetti, y con tinta joven fui escribiendo mi patria interina, entonces ya confiado y sereno, adolescente y rebelde, aprendí a querer.
Gracias a Dios, la adolescencia no escapó a los
parámetros de normalidad y entre blazer y cigarrillos, se ataron los primeros
lazos fuertes, varios que aún perduran. Abundan recuerdos de glorias, que
alegrarían inútilmente mis melancólicas letras, por lo que resumo mis jóvenes
primeros años como felices. Sería un pecado omitir los primeros amores, las
primeras letras de este camino literario, los primeros besos y desengaños. Ellas
tuvieron distintos nombres, ninguna logró un acorde digo de reservar, pero me
dieron pistas interesantes de lo que debía ser, eso que llaman amor, por el
cual más de un iluso suele dejar de respirar.
Irremediable vocación de doctor, eminencia en Neurología
sería mi seguro destino, claro que la burocrática UBA y mis dudas postergadas, me
llevaron a pasar mi primer año universitario, repartiendo mi tiempo en variados
trabajos, que me otorgaron no despreciables billetes, y de a poco, las noches,
ocuparon el centro de mías días. Grises épocas, oscuros años, las horas de sueño llegaban
sólo al alba, o no llegaban, y las calles porteñas de noche, me abrieron sus glorias, pero
también me mostraron sus heridas y miserias. Recorrí más de lo debido, más de
lo que me correspondía, anduve por pieles ajadas, por perfumes extremadamente
solitarios, sólo para odiarme paulatinamente más y más, me fue concedida suerte
en demasía, para no guardar demasiadas heridas de esos años, guardo aún la
esperanza de que no hay daños permanentes.
Muchas mañanas me encontraron en lugares ajenos, con
dolorosas sábanas, con pupilas grises, diciendo palabras extremadamente vacías,
otras me encontraron con ojos borrosos, mezclando pociones de olvido y
gualichos de amor, y perdido y amenazado,
solo, realmente solo, supe sangrar.
Eventualmente mis cables a tierra, mis fuertes lazos, me
hicieron un lugar junto a la estufa, y lentamente fui reanudando vías, juntando
trozos de sueños, intentos de amor, borradores de esperanza, pero ya nadie
aceptó los despojos de corazón que quedaban.
La máscara mejoró bastante, Intercalé satisfactoriamente
Ingeniería y Medicina, y viceversa, una que otra ocupación interesante, e
ingenioso y risueño, renovado y común, comencé
a mentir.
Ahora renuevo esos caminos, intento las viejas fórmulas,
cuestiono nuevas, leo y me instruyo infinitamente sobre sentimientos valerosos,
y me entristezco amargamente al no ver mi imagen en esos espejos de
sensaciones, y claro!, escribo, respiro un poco, y vuelvo a escribir, metáforas
de sentimientos que no tuve, y espero tener, también odas y cantos de días que
viví, y no quiero volver a vivir, esperaré entonces, por esa ráfaga benévola
del destino, que me regale letras más alegres, que me de esos ojos que sueño en
noches felices, y que suelo olvidar, espero entonces.....
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