El sol
no perdona. No perdona hoy ni perdonará en los próximos días, ahora se eleva en
este mediodía implacable, no hay nubes, no hay viento, el sol reina un cielo
inmenso, un cielo calmo, un paisaje único. Unos metros más abajo, acá a nivel
del piso, el ruido es ensordecedor, las calles se angostan, motos y bicicletas
recorren incesantes en todas direcciones, el espacio es reducido pero el caos
parece respetar un orden complejo, trato de caminar con cautela, pero mi pausa
entorpece el ritmo del río de gente, no hay tiempo de cuestionarlo, aligero mis
pasos y trato de latir al mismo ritmo, que la corriente me lleve, es hora de
disfrutar el agua.
No voy
a ser estrictamente cronológico, me corrijo; no voy a ser cronológico, esto será
simplemente un collage de imágenes, un rejunte de sensaciones, no deseo una
crónica, no la busco, el orden aleatorio es lo que se grabó en mi memoria.
Leí
mucho antes de llegar, cumplí con mi formalidad interna de estudiar el destino,
leí una vez más para saber mucho sin entender nada, entendería al llegar y tal
vez ahí podría empezar finalmente a saber. No puedo obviar que este es mi
primer paso en África aunque para la
gran mayoría África sean leones, animales exóticos, tribus, safaris, pero no, también
es esto, acá empieza para mí el continente, esta es la puerta que elegí o que
en destino se abrió, no sé bien la diferencia. Acá a un par de horas del mar,
acá a un par de horas del desierto, en este paisaje austero en flora, humilde
en fauna, acá es donde se me escapan los ojos ante la riqueza de cada rostro,
su gente me está hablando, aunque no usamos el lenguaje, no será necesario, hay
un ritmo que va latiendo en sus calles que me da las primeras pistas de cuanta
sangre corre en estas venas. Un mundo de miradas, los hombres detrás de sus
solemnes barbas y sus sombreros blancos, las mujeres detrás del velo, cubiertas
por las chilabas, la piel es un bien preciado, un tesoro oculto, solamente
negociamos miradas, intercambiamos mensajes entre un parpadeo y el siguiente,
eso es todo, los ojos me irán diciendo, me irán indicando.
“Y ahí
no hay nada, solo Dios y las estrellas, nada en el medio, nada te separa” me
dice Youssef en un inglés oxidado cuando me habla del desierto, la idea me
fascina, y asumo que será una deuda pendiente, pero la imagen mental me inunda,
mis ojos miran hacia adentro, yo viajo a esa tierra, se me cruza el desierto,
recuerdo los dibujos de Saint-Exupéry, al Principito caminando en el desierto y
viajo de nuevo, Youssef me pide perdón porque su inglés no cuenta con las
palabras que el elegiría pero que es un lugar único, yo atónito pienso que no
habría mejores palabras.
La
noche ya vino hace unas horas en Marrakech y él me habla de su pueblo, me
cuenta de su familia, de los cincuenta y cuatro familiares que comparten techo
en la casa de su abuelo, me apuesta que al llegar a la estación de tren sólo
bastará mencionar su apellido y seré tratado como un rey, que nadie dudará en
llevarme a su casa, se acaba el último cigarrillo, tomamos un té, me cuenta que
hace unas semanas tomó alcohol y que necesita cuarenta días para purificarse,
que debe cumplir con ello, que debe hacerlo para poder volver a rezar, él que
se declaró poco religioso, dice que necesita volver a rezar, que le hace bien.
Se va la noche, el ruido del día enmudece, la ciudad ya duerme, la madrugada
será un murmullo de pasos hasta el primer llamado a rezar, hasta que cerca de
las cinco, antes que el día llegue, la ciudad despliegue su primer rito.
Tengo que ser cuidadoso, mi cámara, el sonido de cada disparo, cada vez que me detenga y enfoque, deberé ser respetuoso, no seré siempre bien recibido, Youssef será mi guía, el se disculpará por mi cuando me equivoque, una vez más, las miradas serán las que me darán la autorización, es un mundo nuevo, me siento tentado a retratar cada cosa, quiero acercarme un poco más, pero no puedo, hay lugares prohibidos, hay espacios ajenos, voy aprendiendo de a poco. La mezquita vuelve a llamar, es el Asr, el último llamado antes que sea de noche, observo como tranquilamente se acercan a la Koutoubia, la mezquina más grande en la ciudad antigua, simplemente observo, yo no puedo ingresar, acá en Marrakech no está permitido, decido no fotografiar el momento, sólo observo, a lo lejos se oye el llamado de una mezquita más lejana, ya el sol empieza a bajar, vuelvo a pensar en el desierto y la imagen aparece de nuevo.


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