miércoles, 21 de noviembre de 2012

Las mil y tres noches - Noche dos


El olor se va intensificando a medida que me pierdo en el mercado del Mellah, el antiguo barrio judío de la ciudad, el festival de colores es tímido, la luz apenas ingresa entre estas calles, no veo turistas, mi atuendo, mi rostro, todo me delata, pero a nadie parece interesarle, sólo camino, yo presto atención, ellos me ignoran. No veo las típicas artesanías que inundan los zocos, los vendedores no se me acercan a ofrecerme nada, lo único que inunda la cuadra es un abanico de olores, especias de toda índole, gallinas, pescados, vivos y muertos, Youssef me recomienda que compre tal especia, tal otra, que es el mejor momento porque los precios subirán en los próximos días, la celebración del sacrificio es en una semana, el Eid-al-Adha, la fiesta del cordero, sin importar la clase social la ciudad entera celebrará y hará un gran banquete, los ingredientes están aquí, algunos ahorran meses para este evento y Youssef lo sabe, a algunas horas de aquí, me cuenta, su familia lo celebrará en grande pero este año el no podrá ir, debe trabajar.


Decido hacerle caso y entramos a la pequeña tienda de Rashid, el con paciencia me explica que azafrán se usa para el cuscús, que pimientos para el tajine mientras me invita un té del Sahara y me muestra el ritual de prepararlo, hace especial hincapié en no agregarle azúcar, en dejar que la mezcla de las hojas le dé el sabor adecuado, nos quedamos charlando, me cuenta cómo ha cambiado la ciudad en los últimos años, y lo difícil que es sobrevivir hoy en Marruecos, el té se hace largo pero la conversación disimula el tiempo, voy aprendiendo, voy empezando a entender, es un momento importante aunque no lo haya notado, en un futuro, tal vez no tan lejano, comprenderé la importancia de aquella charla, por ahora sólo escucho, sólo miro.


Perderme en las calles, perderme en la noche, no saber donde estoy casi siempre me produce una especial excitación, los primeros días de una ciudad nueva, esa sensación increíble de no saber, las esquinas son incógnitas y errar será más humano que nunca. Claro que los rostros van cambiando, a estas horas la ciudad vieja aminora su ritmo cardiaco, y el murmullo ahora habla en árabe, estoy definitivamente perdido, son más de las once de la noche y tengo la sensación de ya haber estado en este lugar, las calles pequeñas no tienen nombre y el ruido me lleva siempre a la plaza principal, pero ahora quiero volver a dormir, aunque no se hacia dónde dirigirme, tengo un solo punto de referencia, un estacionamiento, que no he logrado encontrar en la última hora, no es cuestión de miedo, pero estoy incómodo. Acá todo tiene un precio, y la hospitalidad a estas horas, tiene su tarifa, preguntarle a cualquiera hacia donde ir normalmente no tiene respuesta, se ofrecerán indefectiblemente a acompañarme y ese servicio, claro, tiene un precio, que desconozco, esta lección la aprendí cuando me perdí por primera vez, pero entonces era de día, y el despiste costó cien dihrams, unos diez euros, no me es difícil asumir que el costo a estas horas será mayor. Al tiempo me rindo, mi mapa es indescifrable, no tengo referencia de donde estoy y decido mostrar mi rostro confuso a mapa desplegado, alguien entenderá que estoy perdido y alguien verá su oportunidad de negocio en mí. 


El proceso fue de unos segundos, ya estoy rodeado de dos marroquíes que dicen saber dónde voy, ya me están acompañando, ya charlamos de Messi y compartimos un cigarrillo, les insinúo que cuento con poco dinero pero hacen caso omiso a mi afirmación, en inglés, me dicen que no es fácil ir hacia donde voy, que es lejos y que esto me costará buen dinero. A mitad de camino trato de negociar, les muestro unos cuarenta dihrams, les afirmo que no tengo más, estamos en un callejón casi sin luz y el mayor de ellos vuelve a decirme en inglés que necesitan más, que eso no es buen dinero, y utiliza la única palabra en español que me dirá, sino “muerte, muerte”, la erre ruidosa y su rostro que no sonreía más me dio a entender que la negociación había terminado allí, le dije que conseguiría más en el hotel, y volvió a sonreír. Sólo quedaba confiar, si su intención hubiese sido cualquier otra, la noche, la oscuridad ya le había ofrecido la oportunidad durante todo el trayecto, ellos se asegurarían que yo llegue, pero cobrarían por ello. Al llegar, me abre Youssef, en rigor de verdad, ahí lo conocí y lo primero que me preguntó fue como me había juntado con aquellos dos, no tuve respuesta, el precio ya estaba en la mesa, doscientos dihrams, veinte euros, le consulté a Youssef si podría pagarles menos y me recomendó no hacerlo, me dijo que preste atención a la cicatriz en la cara del mayor de ellos y me dijo sin mirarlos “no son malas personas, sólo que eligieron malos hábitos, es mejor pagarles y olvidarse de esto”. Finalmente pagué, y aún nervioso, compartí el primer té con Youssef, lo último que me dijo esa noche fue “Tranquilo. Ya aprendiste algo nuevo, mañana serás más sabio”.

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